Perder el rumbo para encontrarse

Hoy en día pensamos que la vida es como un tren que va parando en cada una de las estaciones que se indican en el itinerario de la pantalla. Sin embargo, no somos conscientes de que cuando menos lo esperamos nuestra locomotora puede descarrilar y llevarnos a lugares de los que nunca habíamos oído hablar. Hay una clase de pasajeros que, desesperados, se encierran en su vagón para buscar la forma de regresar a la ruta que conocen, y se aferran al pasado sin asimilar que el trayecto ha cambiado. A otros, sin embargo, el golpe los hace despertar y, echándole valor, admiten que su vida ha tomado un rumbo diferente y disfrutan de esa nueva manera de viajar fuera de los esquemas establecidos.

tren KanchanaburiLos primeros se reconocen porque prefieren coger solo trenes de baja velocidad que no suelen descarrilar. Llevan las ventanas de sus vagones cerradas a cal y canto para no  caer en la tentación de bajarse en alguna estación inesperada. Además, están tan ocupados vigilando sus maletas cargadas de cosas materiales que no tienen tiempo para disfrutar del paisaje. Los segundos, viajan sin equipaje con las ventanas abiertas de par en par.

Este año, mi tren ha descarrilado dando tres vueltas de campana. Solo me consuela saber que no ha sido el único. En general mi generación termina la carrera y, cuando se piensa que la próxima parada es el mundo laboral, se tira a la vía la colgada de la crisis y nos toca dar un rodeo eterno y poco definido pasando por otras estaciones inesperadas como “Máster”, “prácticas”, “lo siento, necesitas hablar alemán” y “trabaje usted sin cobrar”. Si a esto le unimos el desengaño de frases como “el amor es para siempre”, “el paro descenderá en los próximos años” o “si no te tomas el zumo rápido, se te van las vitaminas”, no es de extrañar que mi maquinista perdiese el control de la locomotora después de tomarse más de una caja caja de Trankimazin .

michel y yoLos primeros momentos después de descarrilar y perder el norte son angustiosos: lo ves todo negro, te faltan las fuerzas para levantarte del asiento y no encuentras la salida de emergencia por ningún lado.  Por suerte, en tu camino te encuentras gente siempre tan perdida como tú, montada en el mismo tren sin rumbo. Y solo en su compañía, deja de importarte el destino final: únicamente piensas en disfrutar del trayecto y de la aventura de lo incierto. Quedar para jugar los sábados al tío Maragato, disfrazarse, ver a mi hermano bailando Kiss FM con mi madre y a mi padre descubrir el placer de cocinar, viajar a la otra punta del mundo, ir a un concierto, una corrida de toros, un desfile, al cine…y de pronto… ves la luz de la salida de emergencia.

Y es entonces, una vez fuera del oscuro vagón en ese lugar desconocido e inesperado, cuando comprendes que hay otras formas de viajar, que las normas están para saltárselas, que la familia siempre será la familia esté junta o separada, y que hay amigos que son para siempre.

A veces, es necesario perder el rumbo para encontrarse a uno mismo.

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Chica Harley con alma Derbi: Cómo sobrevivir en Marruecos con una 125cc

702B6C14-7263-49E2-BE50-1D389FB94EE0Existe solo una fina línea que separa lo original de lo absurdo. En esa delgada línea nos encontrábamos cuando cruzábamos en ferri a Tánger para recorrernos Marruecos con nuestras dos motos: una Harley de más de 400 kilos y una Derbi con solo 125 cc. Cada vez que mirábamos a nuestro alrededor y veíamos esas enormes BMW GS súper preparadas para la aventura nos dábamos cuenta de lo absurdamente originales que debíamos resultarle a todo el mundo.

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Sin una ruta definida y muy con poco equipaje desembarcamos en el puerto de Tánger. Lo más impresionante de cruzar a Marruecos es la diferencia abismal entre dos países y dos culturas separadas únicamente por una hora de barco. En cuanto pasamos los controles salimos escopetados de la caótica ciudad por la carretera pegada a la playa. No existe mejor forma de empezar un viaje en moto que sentir la mezcla del olor de la gasolina y el agua salada mientras disfrutas de las primeras curvas.

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Tomamos un desvío que nos lleva a Tetuány nos maravillamos de los lugares tan frondosos por los que pasamos. Por la tarde, cogimos la carretera hacia Chefchauen mientras atravesamos un precioso puerto de montaña junto al mar. Es solo el inicio de un paisaje que nos cambió completamente el concepto que teníamos de Marruecos.

Pasamos nuestra primera noche en Chefchauen, ciudad rodeada de montañas y conocida por sus casas azules y esmeralda. Recorremos sus calles abarrotadas de comercios, y disfrutamos de una auténtica y especiada cena marroquí de Tajín y brochetas de cordero.

 

Nuestro segundo día le vamos cogiendo el gusto a pararnos en los dispersos pueblecitos que aparecen inesperadamente en nuestro camino. En ellos la gente es mucho más acogedora que en las grandes urbes. Nos invitan a tomar té en las terrazas de sus casas, nos enseñan sus tierras y muchos nos ayudan a buscar alojamiento para pasar la noche. Por el camino nos vamos dando cuenta de que, para entender realmente la historia y las costumbres del país es necesario conocer los pequeños pueblos y aldeas que se encuentran dispersos entre las grandes ciudades.

Pasamos nuestra segunda noche en Fez y a la mañana siguiente visitamos la medina y sus curtidurías. Allí vemos (¡y olemos!) cómo se curten las pieles con excrementos de paloma y cal para luego teñirlas en enormes cubas de tintes naturales. Nos encanta la ciudad ya que, al contrario de lo que pensábamos, el zoco y sus alrededores son muy auténticos.

 

Con intención de llegar hasta Ifrane, un curioso pueblo con pistas de esquí situado a más de 2.000 metros de altura, continuamos nuestro camino bajando hacia el Sur por verdes puertos de montaña. Después de comer en allí, seguimos nuestra ruta por las desérticas pistas del AtlasMedio.

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Tras atravesar caminos y perdernos en lugares inhóspitos, llegamos a Azrou con una maleta menos en la Harley y una avería en mi Derbi…. ¡Ahí es donde comenzaba la aventura! Este mismo estropicio que en un país europeo nos hubiera supuesto un grave problema y varios días perdidos a la espera de una solución, en Marruecos fue solo una mera anécdota de cómo con cuatro hierros y un poco de silicona se puede arreglar cualquier roto.

 

Dos mecánicos de Azrou trabajaron una mañana lluviosa encerrados en un diminuto garaje para poner a punto de nuevo las dos motos. Fue tan increíble el apaño que hicieron para volver a reconstruir el tubo que contiene el líquido refrigerante de mi Derbi  que, al volver a Madrid, mi mecánico me preguntó perplejo si podía guardar la pieza reconstruida como si fuese una reliquia.

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Dos días de tierra, barro, curvas, caminos y piedras nos supieron a poco, pero debíamos continuar nuestro camino hacia otro Marruecos muy diferente. Cuando salimos de Madrid teníamos un objetivo claro: llegar hasta la tienda de Harley en Casablanca para comprarnos una camiseta. Mi compañero de viaje las colecciona, así que no había más remedio que desviarnos hacia la costa para conseguir una. Tras un camino un tanto monótono hacia el oeste del país, entramos en una ciudad completamente distinta a todas las que habíamos visto antes.

Casablanca, centro económico y comercial de Marruecos, nos recibió con sus edificios altos y casa lujosas frente al mar. Una ciudad perfecta para dar un paseo por su puerto artificial, uno de los más grandes del mundo. Restaurantes, terrazas, chiringuitos, turistas… otro gran contraste en este viaje después de haber salido esa misma mañana de un recóndito pueblo en las montañas del Atlas. Entramos a la tienda Harley con ilusión y salimos equipados con una camiseta para cada uno.

Seguimos avanzando por carreteras costeras para hacer noche en Bouznika, cerca de Rabat. Como nos quedan pocos días, preferimos no entrar en Rabat para no perder mucho tiempo buscando alojamiento. Las carreteras con algo más seguras pero muy transitadas y el tráfico es una auténtica locura. Camiones dando media vuelta en mitad de la autopista, coches sin luces por la noche, gente cruzando… ¡nunca más volveré a quejarme de la forma de conducir de los madrileños!

Nuestro sexto y último día de ruta antes de volver a España lo disfrutamos al máximo por las carreteras costeras que nos llevan hasta Assilah. Este enclave costero cercano a Tánger nos envuelve con sus colores azules y verde esmeralda. Ciudad del arte, de pintores y poetas, fue durante mucho tiempo posesión de los españoles, por lo que todos hablan nuestro idioma y podemos disfrutar sus típicas croquetas y pescadito frito en el conocido “Restarurante Gracía” junto al puerto.

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Llegamos a Tánger exhaustos con el olor a especias impregnando nuestra equipación y miles de recuerdos de gente, paisajes y curvas que nos devuelven una sonrisa cada vez que las invocamos en alguna de nuestras historias del viaje. Sol, lluvia, mar, montaña, ciudades, pueblos… una combinación increíble para una ruta de solo una semana que no deja indiferente a quienes contamos nuestra hazaña. Nadie daba un duro por un que un viaje en Harley y en Derbi acabara como acabó: las dos motos seguras y aparcadas en nuestro garaje de Madrid después de más de 2.000 kilómetros con solo algún que otro pequeño susto pero sobre todo repletos de buenos momentos.

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Cuando una amiga se va

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Hoy por fin reúno las fuerzas suficientes para decir adiós a una pequeña parte de mi. Solo han pasado 5 días desde que el destino me arrebató a este pedacito de mi misma y aun no me acostumbro al vacío que ha dejado en cada rincón de mi vida.

Yo nunca quise un perrito hasta que te tuve, Chispita. Desde el primer momento en el que entraste en nuestra casa temblorosa, enfermita, cobarde pero llena de amor empezaste a hacerte un hueco en mi corazón sin que yo me diera cuenta. Cada besito húmedo, cada ladrido en mitad de la noche para defenderme de los ruidos de la calle, cada una de nuestras rutinas en nuestro pisito madrileño de solteras… ahora no es mas que un recuerdo. Solo espero que con el tiempo esos recuerdos no duelan tanto y se conviertan en un sentimiento bonito que me saque una sonrisa en los momentos difíciles, como hacías cuando estabas a mi lado.

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Ya no habrá más planes de domingo en el parque o viendo pelis acurrucadas en el sofá. No me explico como un cuerpecito tan frágil y pequeño pudo traerme tanto cariño y apoyo en los momentos difíciles y ahora puede dejar un vacío tan grande a mi alrededor. Cada persona que te conoció guarda el recuerdo de esa perrita alegre, hiperactiva, chiquitina y medio loca … igual que la dueña…

Todavía tengo miedo de entrar en casa pensando que vas a estar dentro esperándome moviendo tu colita a toda velocidad y encontrar solo silencio. Te echo de menos. Te veo en cada sofá, cada mantita y cada cojín hecha una bolita y mirándome con ojos curiosos. Ahora solo me queda darte las gracias, despedirme y echar lo que queda de ti en ese rinconcito de tierra donde jugabas durante horas y de donde solo podía traerte de vuelta a casa a rastras en brazos porque tus juegos no tenían fin. Gracias por todo, Chispita. Nunca te olvidaré.

 

El Cementerio de la indiferencia en Lesbos


Existe un lugar en Lesbos reflejo de la indiferencia de Europa hacia el gran problema de la inmigración ilegal: un basurero con todos los salvavidas de aquellos que algún día han intentado cruzar las aguas que separan Turquía y Grecia. Un lugar desolador que pone los pelos de punta nada más aparcar el coche junto a la entrada…

 

Aprovechamos la tarde del domingo para visitar el norte de la isla de Lesbos. A parte de los acogedores pueblecitos de pescadores y las magníficas playas de agua cristalina, el cementerio de chalecos salvavidas se ha convertido en una de los lugares más emblemáticos. En medio de un silencio sepulcral, nos paseamos entre trozos de chalecos y ropa amontonados sobre el suelo. Montañas y montañas de chalecos sin homologar rellenos de cualquier material que no servirían para mantener a flote ni siquiera a un niño. Ahora que conocemos a muchos de los refugiados de la isla, empezamos a poner cara y nombres, a recordar historias, y se nos encoje el estómago. Intentamos imaginar esa angustia de montarse en una barca solo o con tu familia sin saber si llegarás vivo a tu destino. Y lo que es peor, la efímera alegría de poner los pies por fin en tierra sin imaginar los largos meses o años de espera atrapados fuera de su tierra y lejos de sus seres queridos.


Con cada paso recordamos cada una de las sobrecogedoras historias que nos han contado: guerras, bombardeos, huidas, pérdidas por el camino, refugios en Turquía, familias separadas, viajes en barco y lo peor… meses de angustiosa espera en Lesbos.

Sin embargo, aunque el cementerio de chalecos se ha convertido en un lugar horriblemente triste, no hay que olvidar que no es más que un reflejo de lo que está sucediendo. Ojalá queden allí durante muchos años para que nadie olvide a los miles de personas que llegaron, a los que no llegaron, a los que mandaron de vuelta y a los que encerraron en un isla griega sin posibilidad de seguir su camino y negándoles un futuro.

Así son los campos de refugiados en Lesbos

El campo de refugiados más grande de Lesbos es Moria, una antigua cárcel que sirve como lugar de acogida para los miles de inmigrantes que cruzan a Grecia desde Turquía. “Lugar de acogida” no es más que un eufemismo para describir ese espantoso complejo lleno de verjas, celdas y policias armados.  Curiosamente, hace un tiempo que ya no dejan entrar perisodistas ni casi ninguna ONG.

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Hoy antes de las clases de natación con los jóvenes de Moria, nos hemos acercado para verlo. Por suspuesto, policias armados nos han vigilado desde cerca y nos han aclarado varias veces que no se puede entrar. Varios carteles en la entrada indican que está prohibido hacer fotos en su interior, y no es para menos…  no creo que sea muy positivo para la opinión pública que se publicasen imágenes del estado en el que se encuentran los refugiados.

Según nos acercamos al lugar, no puedo evitar ponerme en su piel e imaginarme el shock que debe ser pisar la playa de Mitilene cargado de esperanzas después de un peligroso viaje y ver esa enorme cárcel. Por supuesto, nadie se ha molestado en quitar las tenebrosas vallas de pinchos ni en adecentar los barracones de los antiguos presos.

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El campo se divide en secciones para hombres, mujeres, familias y niños sin compañía. Todo esto lo descubrimos hablando a través de la verja con dos simpáticos hombres de Pakistán. Uno de ellos nos cuenta que trabajaba para una gran multinacional farmacéutica en Pakistán hasta que comenzaron a perseguir a su familia y tuvieron que huir. Se me revuelven las tripas cada vez que pienso que todas estas personas que ahora comparten barracones con otras cinco personas un día tuvieron una vida muy parecida a la nuestra en sus tierras. No puedo imaginar el estado de desesperación en el que me encontraría yo atrapada en esta tierra de nadie espernado eternamente durante meses o años.

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Otro de los campos de refugiados es Pipka. Aquí encontramos a los sectores más vulnerables: niños con enfermedades, discapacitados, familias y homosexuales que en ningún caso sobrevivirían en Moria. Curiosamente, en este campo sí nos dejan entrar…

Se trata de un camping adaptado para que estos refugiados vivan de una manera más o menos decente. La gente vive en bungalows y tienen espacios comunes donde se imparten cursos o se hacen reuniones entre los habitantes de este reducido lugar que acoge a unas 70 personas. Sin duda, a primera vista es mucho menos desolador y a los niños se les ve jugar felices y seguros. Sin embargo, en las miradas de los adultos puedes ver que esto no es más que una fachada. Muchso llegan allí pensando que es el siguiente paso para entrar finalmente en Europa. Sin embargo, acaban dandose cuenta de que su paso por Pipka es tan indefinido como el de cualquier otro refugiado.

La gente nos invita a sus casas a tomar té o café, y nos sacan todo lo que tienen. Se nota que están ansiosos por hablar, compartir, contarnos lo que una vez fueron en sus paises. Uno de los refugiados se ofrece muy amablemente a cortarme mis greñas veraniegas y se puede ver la ilusión en su mirada cuando acepto. Es una ntiguo peluquero Sirio muy renonmbrado que tuvo que huir de su país por ser homosexual, dejando atrás su profesión, su familia y su porvenir.

Cada vez mas gente se anima a venir a nuestras clases de natación en la playa. Nos cuentan que los niños esperan ese momento durante todo el día. Realmente, está claro que nuestra misión aquí no consiste solo en enseñar a patalear en el agua, sino en escuchar, sonreir y traer algo de esperanza.

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Lesbos: ¿Refugio o cárcel?

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Es imposible explicar la experiencia vivida este primer día en Mitiline (Lesbos), una pequeña isla griega cercana a Turquía y convertida en una prisión para aquellos que cruzan el estrecho en busca de una oportunidad en Europa. Los motivos de la huida son varios, lo que todos tienen en común es una sola cosa: piensan que una vez que ponen sus pies en la playa conseguirán una vida mucho mejor de aquella que dejan atrás. Sin embargo, hoy ya no estoy tan segura de que sea así.

Mitilene es una cárcel psicológica para muchos de ellos que llevan atrapados en esta isla durante años sin motivación y sin un futuro cierto. El Proyecto Agua surgió ante la necesidad que tienen los refugiados de aprender a nadar para perder uno de los muchos miedos que les roba la tranquilidad: ese mar que casi se los traga una oscura noche cualquiera. Sin embargo, el Proyecto Agua se ha convertido en algo más: un momento de respiro y diversión para gente que día a día se consume por su desesperanza.

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Junto con Suiss Cross y Proem Aid, organizamos por las tardes clases de natación con los jóvenes del campo de refugiados de Moria. Es importante conocer el estado de estas personas para darse cuenta del mérito que tiene cada una de sus sonrisas en el agua. La mayoría viven en Moria, una antigua cárcel convertida en campo de refugiados. Cuando desembarcan en la playa, son llevados directamente a este lugar desolador sin ningún tipo de explicación. Allí pasan meses o incluso años encerrados sin nada a lo que agarrarse consumiendo poco a poco su fortaleza. Sus esperanzas de entrar en Europa se van desvaneciendo, y se van perdiendo los motivos para estar fuerte y optimista cada día. Muchos jóvenes entran en un círculo de desesperación que les lleva a drogas y violencia, pero muchos otros siguen su lucha cada día y la labor de los voluntarios es esencial para que puedan seguir adelante.

Las conversaciones con los residentes en Moria son muy duras, ya que todos cuentan las esperanzas con las que llegaron a la isla y el estado en el que se encuentran ahora. Por sus relatos, Moria debe ser un ligar escalofriante; sin embargo, ningún voluntario tiene permitida la entrada en el campo. Niños y jóvenes sin tutela duermen en celdas, la gente deambula sin tener nada que hacer a la espera de un milagro que no llega… un paisaje desolador que pone los pelos de punta solo de imaginarlo. Aprovecharemos alguno de los momentos que tenemos libres para acercarnos y verlo aunque sea desde el otro lado de la verja.

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A continuación, vamos al campo de Pipka para recoger a los niños de allí y meternos al agua con ellos. Este campo de refugiados acoge a gente vulnerable, normalmente familias con hijos, homosexuales, enfermos… Aquí sí nos permiten entrar y sin duda no es como lo que cuentan de Moria. Es un antiguo camping en el que los bungalow se han convertido en casas y pretende ser un lugar tranquilo e incluso acogedor. El problema es que de estas condiciones solo se benefician unas 60 personas, ya que el campo es muy reducido. Los niños juegan emocionados con los voluntarios de Proyecto Agua y Proem Aid, mientras los adultos  les acompañan, muchos con la mirada perdida y la moral destrozada.

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Por la noche, hacemos nuestro primer turno de guardia junto a la playa. Los increíbles voluntarios de Proem Aid se turnan con nosotros para vigilar el horizonte en el lado Sur de la isla. A lo lejos se ven las luces de Turquía, desde donde cruzan por las noches barcos llenos de gente con el sueño de pisar el otro lado.  Otros refugiados hacen guardia junto al fuego con nosotros, a la espera de recibir con una sonrisa a los asustados recién llegados antes de que las autoridades lo metan en un autobús con destino a la desoladora cárcel de Moria.

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Carta a los culpables del atentado en Bruselas

Estimados culpables del atentado en Bruselas,

 

PazCada vez escucho noticias sobre un nuevo ataque me ocurre lo mismo: busco fuentes, testimonios, estudio la historia del conflicto, analizo los bandos, pero siempre llego al mismo punto. Y es que no lo entiendo. ¿A quién se supone que estoy escribiendo esta carta de protesta? ¿Quién se supone que eres para salir ganando con todo esto? Cientos de vidas desaparecen, miles de corazones se rompen, la economía cae, aumenta la pobreza, la inseguridad crece… ¿Es que os habéis vuelto locos?

Cuando algo como lo que ha sucedido hoy en Bruselas ocurre y la gente se pregunta por qué, se escuchan los típicos comentarios de supuestos indignados que se lavan las manos rápidamente: “Las guerras existen porque les interesan a unos cuantos”. La verdad es que llevo años queriendo conoceros. Sí,  irme de cena con vosotros y preguntaros entre caviar y champagne qué es exactamente lo que os resulta tan interesante de las bombas, los refugiados y los muertos. ¿El dinero? Probablemente estaréis forrados y viviréis en mansiones, entonces… ¿para qué queréis más? ¿Quiénes sois exactamente: Ministros, empresarios, religiosos, eurodiputados…?

Me gustaría pensar que esta carta va dirigida al típico millonario sin escrúpulos sentado al borde de su piscina con las manos llenas de oros y rodeado de mujeres. Sin embargo, esta teoría conspiratoria suena más a película de Hollywood que a realidad.  Y es que si me paro a pensarlo llego a la escalofriante conclusión de que esta carta va dirigida a cada uno de nosotros, a cada uno de los ciudadanos de a pie que cada día pasa de página con indiferencia cuando ve una noticia sobre refugiados, cuando escucha comentarios racistas o de odio hacia otras razas o religiones.. Parece que solo levantamos la mirada cuando la bomba explota delante de nuestras narices.

 

Está claro que no somos nosotros los que cerramos un campo de refugiados, sino la UE. Es evidente que no nos colocamos nosotros el chaleco con explosivos, sino un Yihadista. Sin embargo, no indagamos demasiado cuando nos enteramos de que parte del petróleo con el que llenamos nuestros depósitos pueda provenir de los 60.000 barriles diarios que vende el ISIS a otros países. Tampoco nos indignamos cuando nos enteramos de que las potencias europeas venden armas a los “rebeldes moderados“(siempre me he preguntado cómo se puede ser rebelde y moderado al mismo tiempo). En cambio, no tenemos problema en llenar nuestro Facebook con sutiles mensajes de odio hacia otros países o religiones sin enterarnos, o sin querer hacerlo. Sí, realmente es mejor no empaparse de todo eso y seguir sintiéndonos hiper-solidarios dándole a me gusta en lo mensajes de condolencia por los atentados o poniéndonos la bandera belga en nuestros perfiles. Es más fácil hacer echarle la culpa al resto que mirarnos al ombligo y pensar qué estamos haciendo mal…

 

Me dirijo a vosotros, esos ciudadanos de los llamados países “civilizados” que nos pensamos que todo esto es culpa de todos los habitantes de esos otros lugares “incivilizados”. Calmamos nuestra conciencia debatiendo arduamente sobre si las razones de este conflicto son religiosas, políticas o económicas sin pantearnos que no existe ninguna razón que justifique algo así. Este atentado y los de París son solo una advertencia de que simplificar así nuestros pensamientos para alejar preocupaciones tiene un peligro y es que no solo matan las bombas, también lo hace la indiferencia.

Quizás es el mundo entero el que se está volviendo loco…

Atentamente,

 

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Desmontando los mitos sobre viajar sola…

¿Por qué viajas sola? La eterna pregunta que no necesita respuesta…

Al comenzar mi viaje a Laponia en solitario, aburría a todo el mundo con una larga historia cada vez que pronunciaban la esperada frase: “Y…¿Por qué has venido sola?”. Al cabo de los días me di cuenta de que lo mejor es responder con otro interrogante: “Y, ¿por qué no?”.

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A la gente como yo a los que nos gusta viajar, no perdemos ni una oportunidad. En cuanto miramos el calendario y vemos cómo se aproxima una festividad o un fin de semana más largo de lo habitual, nuestro cerebro se pone a rebuscar en esa eterna lista de lugares increíbles por visitar. Además, cuando el espíritu aventurero nos obliga a elegir lugares remotos y desconocidos, no es de extrañar que muchas veces no nos sea fácil encontrar acompañantes. Por eso y ante la alternativa de quedarse en casa desaprovechando la oportunidad, elegimos viajar solas. Así que… ¿Por qué no?

Durante mi aventura, me he encontrado con una serie de mitos sobre las chicas que viajan solas que creo que sería conveniente desmentir:

  1. Vas sola porque no tienes con quién viajar

He llegado a conocer gente que me mira con cara de pena cuando le digo que voy sin acompañante. Es como si sintieran compasión por mí. Y lo peor que puedes hacer en estas circunstancias es dar explicaciones, ya que parece que estás intentando justificarte desesperadamente por algo que realmente haces porque te da la gana. Parece que les cuesta creer que teniendo amigos y una estupenda vida social tengas que viajar sola.

Hay gente que no comprende que no vas sola porque no tienes con quien ir, sino porque no has encontrado a las personas idóneas para hacer ese viaje contigo o simplemente, no estaban disponibles.

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  1. Es aburrido

¡Qué triste es aburrirse con uno mismo! Hay algo que no nos enseñan en ningún sitio: disfrutar de estar solos. La única forma de aprender es con la práctica…

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  1. Es peligroso para una chica

Depende. Creo que culturalmente a las mujeres muchas veces se nos permite tener miedos absurdos o sin fundamento. Por un lado, este papel está bien porque no nos obliga a hacernos los machitos insensibles como a los hombres, se nos deja rajarnos o llorar sin problema. Sin embargo, muchas veces esta actitud nos limita y nos hace desaprovechar oportunidades por temor a algo que no sabemos muy bien qué es. Tanto sola como acompañada, lo importante es no meterse en la boca del lobo, andarse con cuidado y no dejar que abusen de nuestra confianza…

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  1. Vas a conocer un montón de gente y no vas a estar sola ni un minuto

No te pienses que por ir sola de pronto te van a surgir amiguitos debajo de las piedras. Probablemente se te aproximarán el mismo número de personas, la diferencia está en que estarás más receptiva. Con las ganas de hablar acumuladas que tienes después de vivir tantas experiencias sin compañía, no se suele desaprovechar ni una oportunidad para soltarle el rollo a cualquiera que entienda tu idioma. Por lo tanto, sí que se puede decir que conocerás más gente, pero no por el hecho de ir sola sino por tu actitud.

 

  1. Lo haces para pensar y encontrarte a ti misma

No es necesario ser una loca bohemia para cogerse la mochila y emprender un viaje sin compañía. La razón no es siempre esa. Simplemente puedes hacerlo para divertirte, conocer culturas nuevas, practicar un idioma… ¡Cualquier excusa vale, no es obligatorio pensar demasiado durante el viaje!

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Ruta de campings por el Algarve

Existe una manera muy económica de recorrer la hermosa costa portuguesa bañada por el Atlántico: el camping. Es sin duda la mejor forma de fundirse con su peculiar ambiente y disfrutar de sus inmensas playas repletas de hippies y surferos.

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Nuestro recorrido comienza en Isla Cristina, pueblo de pescadores colindante con Portugal. Aparte de pasear por la inmensa playa de arena fina y contemplar las cometas de los Kyte-surfers surcando el cielo, no pudimos marcharnos de allí sin antes conocer el puerto y degustar la típica gamba blanca. Nos instalamos una noche en el Camping Giralda, muy recomendable por su precio, limpieza e instalacionesbarcos puerto Isla Cristinacometas kyte surf

La siguiente parada después de cruzar la frontera fue Lagos. Conscientes de que en pleno agosto las zonas más turísticas son un hervidero de guiris en chanclas y calcetines, decidimos no visitar ni Faro ni Albufeira. He de reconocer que Lagos es todavía una zona muy masificada invadida por franceses y alemanes, pero es también una parada imprescindible en el Algarve. Tras acampar en el camping Turiscampo y pagar la desmesurada tarifa por noche, contratamos un viaje en barco para ver las grutas, el principal atractivo turístico de la ciudad.

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Cansados del bullicio, al día siguiente huimos hacia la tranquilidad de Sagres. El camping que encontramos (Camping Obitur Sagres) contaba únicamente con las instalaciones mínimas algo descuidadas, pero poseía mucho más encanto que el de Lagos. Cambiamos las caravanas familiares y las colas en la piscina por pequeñas tiendas en un descampado donde solo se veían rastas y tablas de surf. Recorrimos las playas de los alrededores deslizándonos sobre las olas con una Body-board. La mejores son las de Castelejo y Cordoama, donde un mar bravo rompía con fuerza empujando a valientes surfistas contra la orilla.

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Fortaleza de SagresDesde los acantilados de la imponente fortaleza de Sagres se puede disfrutar de una vista panorámica de la Praia do Tonel y del Cabo de San Vicente. Esta es, sin duda, una parada esencial para entender la historia de Portugal y dejarse llevar por su encanto.

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Antes de continuar nuestra ruta, visitamos el encantador pueblecito de Carrapateira y su playa Amado, llena de principiantes del surf que acuden allí puesto que la forma en la que rompen las olas es la idónea para aprender. La siguiente parada fue Aljezur, situado más al Norte, entre el Algarve y el Alentejo. Allí acampamos en el Camping do Serrao, muy limpio, barato, con piscina y mucho ambiente. Según fuimos ascendiendo, el paisaje se tornaba cada vez más verde. Por ello, esta zona es ideal para alquilar una bicicleta e ir de playa en playa pedaleando por los abruptos caminos que las unen.

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playa MelidesFinalmente, terminamos nuestro recorrido en otra de las zonas costeras más conocidas frecuentada principalmente por portugueses: Melides. Allí encontramos un camping con un atractivo muy seductor: su inmensa playa situada a solo unos pasos. Tan increíblemente extensa y solitaria como las anteriores, tenía además un chiringuito estupendo en el que descansar después de un largo paseo por la orilla.

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De esta forma, con un presupuesto de 350€ por persona, nos recorrimos la costa Atlántica disfrutando de las vistas, las playas, las cenas de sardinas y percebes, los desayunos enfrente de nuestra tienda y, sobre todo, de la tranquilidad que se respiraba en el ambiente…

Cuando olvidamos lo único importante…

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A veces nos empeñamos en llegar lejos, nos exigimos ser los mejores en algo que nos resulta tedioso, no nos permitimos fallar y nos olvidamos de lo mas importante, el principal objetivo de nuestra vida: ser felices. Nos ponemos otras metas complicadas que nadie mas que la que llamamos sociedad nos ha exigido, todo para no tener que pensar en qué es lo que realmente nos hace sentirnos realizados.

Hace años que estoy perdida, exactamente desde el momento en el que dejé de estudiar. Hasta ahí todo es muy fácil, siempre sabemos lo que viene despues: la ESO, Bachillerato, la carrera y… ¿ahora qué? Hoy en dia estudiamos tantas cosas que al terminar muchos no estamos muy seguros de cuál es nuestra profesión. Además, nos encontramos con un panorama que invita bastante poco a dar el paso hacia el mundo profesional. Aun así, muchos como yo nos lanzamos precipitadamente a hacer lo que nos salga antes de que alguien se nos adelante, sin perder el tiempo.

Sin embargo, quizas es ese nuestro gran fallo..pensar que no podemos perder el tiempo. Nos han metido en la cabeza que hay que colocarse rápido, hacer Curriculum siguiendo una misma trayectoria profesional, pero… ¿qué pasa si te equivocas con tu elección? ¿y si lo que has elegido no te gusta? Es ahi donde empiezan los problemas…

¿Se supone que despues de cuatro años sentado un aula escuchando charlas de profesores ya debes saber exactamente lo que quieres hacer con tu vida? Admiro y envidio a aquellos que tienen siempre claro lo que persiguen, cómo va a ser su existencia en los proximos años. Sin embargo, parece que dar tumbos despues de la carrera está mal visto, o al menos eso nos pensamos nosotros… „¿Seré yo muy exigente?“ „¿No lo estaré haciendo bien?“ „¿Soy un poco sibarita?“ Todas esas preguntas han rondado y siguen asomandose de vez en cuando por mi cabeza, y estoy segura que por la de más de uno. La respuesta a todas ellas es NO.

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Es normal dudar, querer cambiar, probar, sentirse perdido..para asi poder elegir con criterio y no conformarse con lo primero que pillas. Y para eso hace falta TIEMPO, eso que pocas veces nos sobra y que tanto necesitamos. TIEMPO para pensar. TIEMPO para hacerse preguntas ¿Qué me gusta? Y sobre todo, una que olvidamos siempre¿Qué es lo que mas valoro?: el reconocimiento, estar cerca de mi familia, tener tiempo libre, dedicarme a lo que he estudiado, tener un buen sueldo…Cosas a menudo incompatibles o difíciles de conciliar. Y más aun hoy en día, que parece que „dedicarte a lo tuyo“ o „a lo que te gusta“ supone ya una recompensa más que suficiente por lo que no mereces ni cobrar ni tener tiempo para nada más.

Llegamos a obsesionarnos con nuestro CV casi tanto como hace unos años lo hicimos con la Selectividad, hasta que nos convertimos en Curriculum con patas. Con 25 años, ninguna carga personal y toda la vida por delante, muchas veces no tenemos el valor de dejar un trabajo o una situación que no nos gusta por miedo a reconocer que nos hemos equivocado. ¿Por qué? Porque errar se ha convertido en una pérdida de tiempo, y no está el mundo actual como para permitirnos dudar.

Sin embargo, es ahora cuando tenemos la posibilidad de elegir, de comernos el mundo, de equivocarnos y rectificar. Es durante los turbulentos pero emocionantes „veintitantos“ cuando tenemos que tomar todas esas decisiones que probablemente condicionarán el resto de nuestra vida. Si nos agachamos, nos conformamos y dejamos nuestros sueños para mas adelante..probablemente nunca se cumplan. Por eso, hay que dejar de lado esas exigencias sociales que nos hacen atarnos a un trabajo tedioso, una hipoteca, un coche que no podemos pagar o una persona con la que no queremos estar. ¿Por qué? Porque nos hacen olvidarnos de nuestro objetivo final: ser felices.